12 de febrero de 2018

EEUU ¿Existe el Deep State, y está de verdad en guerra con Donald Trump?

Eric Trump, hijo del presidente Donald Trump, probablemente trataba de hacer una broma cuando, el 2 de enero, se quejó de que su cuenta de Twitter le sugería comenzar a seguir a Hillary Clinton, al ex presidente Barack Obama y a la presentadora de televisión Ellen DeGeneres, ninguno de los tres conocido exactamente por su afecto a la familia Trump. “Asombroso”, declaró impávido Eric Trump, que incluyó el siniestro hashtag #DeepState.

Pero Twitter no es una plataforma dada a los matices, y el mensaje desató una ola de tuits furiosos de gente opuesta a Trump, quienes calificaron a Eric Trump de paranoide y otras cosas peores. Entre esos tuits de respuesta hubo uno de DeGeneres. “¨Qué es el Deep State?”, preguntó. “¿Está cerca de Dollywood? Porque si ese es el caso, yo me apunto”. (Dollywood es un parque temático en Tennessee, propiedad de Dolly Parton).

La confusión de DeGeneres es comprensible. Hace un par de años, los únicos estadounidenses familiarizados con el término Deep State eran unos cuantos politólogos y lectores de un poco conocido libro de comics sobre un grupo dentro del FBI dedicado a encubrir el hecho de que Rusia se adelantó a Estados Unidos en llegar a la luna.

Pero desde entonces, Deep State ha entrado en el vocabulario popular con tremenda fuerza. Hay legisladores que prometen destruirlo, Trump dice que ha tomado el control del FBI, comentaristas de derecha dicen que nos va a matar a todos y comentaristas de izquierda se quejan de que se han robado el concepto y lo han convertido en una caricatura.

 “Una extraña combinación de locos de la derecha y la izquierda han dado vida a esta cosa que se llama Deep State, y la gente ya habla de ello en la calle”, dice el periodista e historiador Max Holland, autor de libros sobre Watergate y el asesinato de Kennedy. “Antes, esas ideas locas de confabulaciones estaban todas en una caja que tenía una etiqueta de ASESINATO DE JFK, pero ahora están en todas partes”.

Pudiera parecer una exageración, pero no en realidad no es así. Una encuesta de ABC y el Washington Post el año pasado mostró que casi la mitad de los estadounidenses creen que un Deep State –que se define como “militares y funcionarios de inteligencia y de gobierno que manipulan las políticas del gobierno”– trabaja tras la fachada del gobierno constitucional de Estados Unidos.

La definición usada por la encuesta no es necesariamente la misma que se usa en el debate público. Qué es, exactamente el Deep State, depende de con quién se habla, desde sensatos politólogos que hablan de los intereses encontrados de las burocracias del gobierno, hasta locos de derecha como un invitado al programa radial del ultraconservador Alex Jones, quien advirtió “Van a matar a Trump (…) ¡Nos van a matar a todos, lo van a matar!”

Aunque Trump y sus aliados han popularizado el término, refiriéndose a lo que se cree es una coalición encubierta de funcionarios de gobierno e instituciones y sus aliados en las grandes organizaciones de medios noticiosos que tratan de socavar sus políticas, el concepto de Deep State data de mucho antes.

Se originó en los años 1920 para describir la camarilla de línea dura de funcionarios de seguridad y mafiosos que controlaban las cosas tras bambalinas –con sangre si era necesario– del gobierno civil títere de Turquía. El primero que lo aplicó a Estados Unidos fue Peter Dale Scott, académico izquierdista de la Universidad de California, en su libro del 2007 The Road to 9/11, que tejió una confabulación oscura a partir de hechos tan diversos como el asesinato de Kennedy, Watergate y el escándalo Iran-contras.

“No hay nada de locura en la idea del Deep State, la idea de que élites dentro y fuera del gobierno hacen uso de poderes que la Constitución no les dio, sin tomar en cuenta la voluntad de los electores”, dijo Scott al Miami Herald. “La forma en que la gente de Trump lo usa ahora puede resultar caricaturesco, pero la idea no lo es”.

Y resulta que Scott tiene respetable grupo que así lo cree, incluyendo al menos uno de los presidentes de Estados Unidos. En 1961, más de cuatro décadas antes del libro de Scott, el presidente Eisenhower advirtió a la nación de que “debemos protegernos contra la adquisición de influencia indebida, a propósito o no, del complejo militar-industrial”.

“Eisenhower no usó la frase, pero en lo fundamental estaba hablando de un Deep State”, dice Joseph Uscinski, politólogo de la Universidad de Miami. “Es una idea que existe desde hace mucho tiempo”.

Pero eso no significa que sea cierto, agrega Uscinski, particularmente en la forma casual que Trump y sus partidarios usan el término.

“Si se dice que el presidente enfrenta resistencia de la burocracia a sus programas, eso es razonablemente cierto”, dice Uscinski. “Si se dice que las burocracias del gobierno tienen sus propias agendas, eso es razonablemente cierto. Si se dice que una cábala secreta en el FBI está tratando de sacar del cargo al presidente, bueno, eso pudiera ser verdad. Pero no se puede decir así como así, hay que tener pruebas”.

Hace no mucho tiempo, la mayoría de los norteamericanos hubiera desechado desde el principio la idea del Deep State. De hecho, así ha ocurrido. En 1956, el sociólogo C. Wright Mills publicó un estudio titulado The Power Elite (La élite en el poder), que comenzaba diciendo: “Los poderes del hombre común están circunscritos por el mundo en que viven, pero incluso en sus empleos, sus familias y sus vecindarios, con frecuencia son controlados por fuerzas que no pueden comprender ni controlar”.

El argumento de Mills sobre el Deep State –que el país en verdad está gobernado por una red interconectada de individuos de familias de élite que fueron a las mismas escuelas y universidades, se unieron a las mismas sociedades secretas y clubes, pertenecen a las mismas juntas directivas y con frecuencia se casan entre sí– fue desestimada inicialmente por profesores universitarios y periodistas respetables. The New York Times Book Review lo calificó de “una caricatura enojada” y la revista Time dijo que era “palabrería sociológica”.

Pero en los años siguientes, la mayoría de los departamentos universitarios de Ciencias Políticas ya les indicaban a los alumnos leer el libro de Mills. Su influencia se extendió más allá de Estados Unidos: Fidel Castro leyó el libro con entusiasmo y mencionó sus ideas en discursos, aunque sin darle crédito al autor.

Las revelaciones de los últimos 50 años sobre el lado oscuro del gobierno de Estados Unidos indudablemente han abierto la mente de los estadounidenses a más interpretaciones de cómo funciona Washington. ¿Suena a locura comparar al gobierno de Estados Unidos con el de un país sin ley y donde ha habido numerosos golpes de Estado, como el Turquía? Quizás.

¿Pero es eso menos traído por lo pelos que el hecho de que el Pentágono colocó a un espía en la Casa Blanca de Nixon para robar secretos de las papeleras? ¿O que la CIA administró LSD a civiles sin informarles nada para ver si la droga los hacía más receptivos al control de la mente? ¿O que el gobierno estaba espiando a la gente a través de los videojuegos de Xbox? (Edward Snowden, el subcontratista de la Agencia de Seguridad Nacional que filtró los secretos sobre el Xbox, dijo a la revista The Nation: “Definitivamente hay un Deep State. Háganme caso, yo he estado ahí”).

Incluso observadores que tienen dudas sobre las alegaciones de Trump de que es víctima de una enorme cábala en Washington creen que el presidente pudiera estar enfrentando una versión mucho menos fuerte del Deep State: una fuerte resistencia de la enorme burocracia del gobierno, con sus protecciones a los empleados del servicio civil, que no cambia sin importar quién está en la Casa Blanca.

Las burocracias de larga data comienzan a parecerse a organismos vivos que luchan por proteger su territorio, defenderse unas de otras e incluso más de los funcionarios electos, a quienes los burócratas tienden a considerar una plaga temporal que pronto cambiará.

“El problema empeora cuando hay fuertes diferencias ideológicas entre un gobierno y otro”, dice Adam J. White, investigador de la Hoover Institution y director del Centro para el Estudio de la Administración del Estado en la Universidad George Mason.

“Durante ocho años tuvimos al presidente Obama, posiblemente el presidente más liberal de la historia, y la mayoría de las personas que él contrató probablemente compartían sus posturas políticas. Ahora ha sido reemplazado por una persona que llegó con la promesa de ‘drenar el pantano’ en Washington. Incluso antes de que el presidente Trump asumiera el cargo, ya había gente anunciando que formaría ‘la resistencia’. Estoy seguro de que hay problemas.

“Prácticamente todos los presidentes tienen, hasta cierto punto, enfrentamientos con la burocracia. Yo estaba leyendo una biografía de Henry Kissinger y cuenta que, antes que el hombre empezara a trabajar en el gobierno, fue a visitar a su amigo Arthur Schlesinger, quien trabajaba en el gobierno del presidente John F. Kennedy. Kissinger dice: ‘Hola, ¿cómo te va?’, y Schlesinger le responde: ‘Terrible, no podemos lograr que la burocracia apruebe ninguno de nuestros programas, no podemos hacer nada’. Y después hablan de la Nueva Frontera”.

 

Glen Garvin|El Nuevo Herald de Miami

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