ENDER ARENAS|Del país que teníamos | Verdades y Rumores | Diario Digital
30 de Septiembre de 2017

ENDER ARENAS|Del país que teníamos

Pasarán todos los años que me faltan por vivir y nunca olvidaré el año 1978, más preciso 14 de septiembre de 1978. Era la noche de ese día (viernes) cuando llegué a México, para a alguien que no había salido de Los Haticos por arriba, me pareció una ciudad gigantesca (y lo era) 17 millones de habitantes eran muchos más que los que tenía Venezuela en ese entonces. Llegué con 100 dólares, que por mi provincianismo se me fueron (es decir lo gasté) en dos días.

Así que amanecí el lunes, sin techo y sin comida. Afortunadamente me salvó, diría que la vida, una condiscípula brasileña, cuyo perfume lo llevaré siempre en mi nariz, sólo que su pareja llegó un mes después, un día de semana a las dos de la madrugada y en medio de un aguacero y como consecuencia yo pesqué un neumonía que estropeó mis pulmones hasta el día de hoy.

En medio de las calamidades que vivía entonces, me dirigí a la OEA y a la Fundación Ford, para pedir una beca o crédito educativo para poder mantenerme en un país que hablaba mi idioma pero no daba chance para que un estudiante pudiera trabajar. La repuesta de ambas organizaciones fue un rotundo NO. La razón es que yo era ciudadano de un país rico llamado Venezuela. Ya entonces me había aprendido unas groserías comunes en los mexicanos y les grite en la puerta: “¡hijos de la chingada!”.

Esa era la percepción que había del país entonces y no era mera percepción: que había logrado una estabilidad política, un sólido PIB, los ingresos por concepto de petróleo, el proyecto de la Gran Venezuela, petroquímica, la nacionalización petrolera y del hierro, el desarrollo de Guayana y las empresas básicas, “los está barato dame dos”, el Fondo de Inversiones de Venezuela, el plan “Gran Mariscal de Ayacucho”, las obras de infraestructura, el inicio de la construcción del Teresa Carreño y del Museo de los Niños, el incremento en la ingesta de proteínas, el incremento de la tasa de escolaridad, la educación superior gratuita, el incremento de la esperanza de vida y la definitiva superación de enfermedades como la tuberculosis, además, por supuesto, de los negociados y algo que se dice que formaba parte de la cultura nacional: la debilidad adeca: whisky con tequeño, la debilidad copeyana: canapés de salmón, la debilidad del MAS: friticas con queso rallado y ron Santa Teresa.

El país era una fiesta a pesar de que la tragedia ya andaba de manera subterránea. El caso es que por las razones de la riqueza del país y de la calidad de vida de los que se quedaron en él, terminé estudiando en un país donde comía de “fiao” de lunes a viernes y regresé pesando 42 kilos con signos avanzados de desnutrición, pero coño yo venía de un país rico.

Han pasado 39 años, ahora tengo una hija fuera del país, y sobrinos y sobrinas, dos de estos últimos han concursado para una beca de un organismo internacional y se las han otorgado. Las razones: son ciudadanos de un país empobrecido y en penurias.

 

@RojasyArenas

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