14 de Septiembre de 2016

EL PAÍS SILENTE|Del orgullo herido a la humillación histórica

Durante un largo tiempo, trate de entender el comportamiento de los políticos en nuestro país. Debo reconocer que, desde aquellos días cuando imitaba al doctor Herrera Campins en las reuniones en casa de mi tío Luisfer, en Caracas, sinceramente no me llamaba mucho la atención la política. Fue al ir creciendo que descubrí mi vocación como periodista y un poco después, como profesor de periodismo, lo que encendió en mí, ese deseo de incorporarme a la lucha, desde esta trinchera opinativa y docente, por la democracia, por la libertad, esas que viví desde que tuve uso de razón, a los ocho años, como dicen los pediatras, por allá, en 1972. Es por ello, y por muchas otras cosas, que cuando estoy frente mis alumnos y mis colegas más jóvenes, a quienes he tenido el honor de dirigir en estas lides desde 1994, cuando asumí las riendas de El Heraldo de Maracaibo, mi primera experiencia como “jefe”, hasta el día de hoy, cuando soy el presidente de mi propia empresa comunicacional en la web, que A MI NO ME VIENEN CON CUENTOS, de ningún color, mucho menos de los años vividos y conscientes.

Como de poeta, músico y loco, todos tenemos un poco, a mí me da de vez en cuando inmiscuirme en los asuntos de los psicólogos, quizás soy uno frustrado y por supuesto de los historiadores. Cuando aprendí la esencia de la dialéctica histórica, muy etiquetada en los libros de los llamados escritores “cabezas calientes” o de izquierda, pues un “gurú” de la lectura comunista la hizo, como dirían los chamos hoy, viral, el término se convirtió en parte de las citas de testimonios que surgían de la boca de expertos, la mayoría políticos. La dialéctica histórica, para aquellos que no la conozcan se resume de manera sencilla en: conocer el pasado para entender el presente y enfrentar o proyectar a futuro. Palabras más, palabras menos, pero pueden conformarse con esa simple referencia para entender lo que a continuación voy a tratar de analizar, pues no es fácil, pero tampoco imposible: NICOLAS MADURO.

Así como en el ajedrez, quien lo juega, sabe que si bien es cierto El Rey determina el triunfo o la derrota, pues perderlo o tumbarlo es, en resumidas cuentas, ganar o perder la partida, jamás olvidaré  lo que en una ocasión me enseñó mi tío David, todo un maestro del juego, en aquellos días de vacaciones en la hermosa ciudad de San Cristóbal, estado Táchira. “Debes evitar perder la reina, pero debes también conquistar la de tu oponente”, si bien era algo elemental, hoy entiendo quizás el lado metafórico del dilema de conquistar y proteger.

Ahora bien, si tomamos en cuenta lo anecdótico de mi experiencia frente al tablero aquel día con tío David, hoy entiendo, sin lugar a dudas, algo fundamental para comprender el presente de esta “invivible dialéctica histórica” revolucionaria del siglo XXI, que ha demostrado tener más pinta del XIX.

Conquistar y proteger son un referencia estratégica, no necesariamente política, alguien podría decir que proviene de la ciencia militar, yo estaría de acuerdo, aunque debo reconocer también que, y no se la razón, desde hace algunas décadas nos hemos encargado de adaptar filosofías muy ligadas a la guerra, como estrategia ideales para resolver asuntos económicos, sociales y políticos, y en Venezuela, ese tipo de modas llegaron, como al resto del mundo, fuertemente durante la década de los ochenta, el mundo cambiaba y se acercaba el 2000. Ante esto, la conquista y protección de lo alcanzado por los comacates en 1998 y etiquetado de institucional con la llegada de Chávez al poder en 1999, no pudo, en mi opinión, ser protegido ni por el líder del proyecto, ni por su “pupilo”, al que algunos llaman el muñeco de un decrepito ventrílocuo que muere poco a poco en la Habana.

Pese a que se ha tratado de hacer creer, a través de matrices de opinión que un chofer de autobús no es precisamente el líder que necesitaba Venezuela, debo decir que Walesa en Polonia, era un obrero, sindicalista sí, pero obrero, y llegó  a presidente de su nación en un periodo post unión soviética, pero su participación en la caída del comunismo soviético fue muy importante. Este ejemplo, uno de tantos, favorece a Maduro, aunque debo hacer hincapié, el contexto hizo a Walesa, y el contexto en Polonia no fue un juego de luces y bombas de colores, en cierta forma no lo fue en ningún país que estuvo bajo el yugo de la URSS desde la II Guerra Mundial. Hay que comprender, pues así los hechos, hoy en el pasado, demostraron  que por muy fuerte que fuese un régimen, caracterizado por la supremacía militarista como herramienta de imposición socio económica y política, no pudo sostenerse finalmente en la distancia y el tiempo. Imagino que los pocos originarios de esa revolución comunista, catedral de inspiración para cualquier renegado idealista que aún sobreviva y sueñe con la resurrección de Lenin, jamás creyeron que la historia de su proyecto llegaría a su fin al cerrar la década de los 80’s del siglo XX. La razón entonces, como ahora, estuvo y está  inspirada en el entorno.

La insostenible situación económica en la URSS, pues no se  puede alimentar a un pueblo con ARMAS, TANQUES Y MISILES,  pudo al fin inspirar o en su defecto, hizo reaccionar, volver en sí, a todos  aquellos que decidieron  conquistar  posteriormente el poder, no a través de las armas, sino de política y la comunicación, utilizando como sustento la realidad que no distinguía, ni distingue, sexo, credo, color y raza, ni mucho menos preferencia política, y  afectaba a todos por igual.

Maduro no es Walesa, Chávez tampoco lo fue, existe una razón, o mejor dicho, una  evidencia de lo que afirmo en estas primeras palabras del párrafo: hoy Polonia disfruta de casi 30 años de conquista y protección de la batalla ideológica que el pueblo polaco le ganó al comunismo. El obrero polaco logró justificar, con el tiempo, sus ideales, sumados a las de otros que juntos, lograron los objetivos planteados y la meta definitiva, derrumbar el socialismo del siglo XX en casi toda la Europa oriental. Por eso, quizás suene, irónico, para algún colega, de estos jóvenes de hoy, y para cualquiera menor de 45 años, como alguien pudo imponer un sistema fracasado, derrumbado y execrado  en la Europa del siglo XX, casi diez años antes de su llegada al poder aquí en Venezuela, y venderlo como algo nuevo para enrumbarnos hacia el siglo XXI. La inspiración en el fracaso, en mi humilde opinión, conduce inevitablemente al fracaso, jamás al triunfo.

Entonces, nos paramos frente a una propuesta, vendida como distinta, única, honesta y justa, pero sobre todo, moderna, que fue inspirada en otra, la única que sirvió de referencia, que antes de entrada la década de los 90’s ya había sido “expulsada” de la mitad oriental de Europa, donde se mantuvo viva gracias al “puño de  hierro” impuesto por los regímenes totalitarios y verticalistas que la intentaron gestionar a fuerza de soldados, tanques y misiles. Es la triste forma como un dictador conserva el poder, poniéndole un arma al pueblo en la cabeza o alimentándolo con una doctrina de retazos utópicos, caracterizados por ser letra muerta, no de ahora, desde su propio origen. No lo digo yo, lo dice el pasado, conocido por todos como HISTORIA, y no la escrita por la derecha, sino por sus propios protagonistas. “Toda doctrina inspirada en la venta de un mañana, puede motivar a muchos a ir hacia adelante, hasta que estando allá, no haya pan ni agua para mantenerlos de pie. Ese fue, en mi opinión, el punto de quiebre entre la verdad y la mentira del comunismo”.

Es así como llegamos al hoy, el presente diría la dialéctica histórica. Nos encontramos con la revolución bolivariana, una utopía, para algunos, muy bien vendida a un pueblo desconsolado por los errores y los aciertos, de adecos y copeyanos durante 40 años. Cierto, imposible negarlo, tal y como lo he dicho, de no haber sido así, jamás Chávez habría llegado al poder, ni siquiera a la escena pública. Inspirada en un fracaso que 10 años antes de su llegada al poder en Venezuela, llegaba a su fin en la Europa oriental. ¿Cómo no prever los fundadores de la revolución bolivariana su propio fracaso, ante el de su fuente inspiradora?  Claro que lo hicieron, pero no pudieron decirlo, y no la harán, ni siquiera si por cualquier razón, la revolución del siglo XXI llegara a su fin, como sistema de gobierno, en 2016. Es, entiéndalo, mis queridos lectores, una cuestión de orgullo. El orgullo herido y  por propia mano, que es el peor, porque es pararse ante aquellos que confiaron en ti para guiarlos hacia un destino completamente opuesto al que han sido conducidos y sentir el repudio de los tuyos a cada uno de tus actos como “líder”, única y exclusivamente por tu incompetencia, por tu propio fracaso. Es posible que alguien llegue a ser lo que nunca pensó que sería, el mundo da muchas vueltas, pero cuando el ejemplo de vida asumido como guía, sencillamente fracasó, entonces era previsible, el tuyo.

Cuando nos enfrentamos al futuro sin mirar en el presente nuestro pasado, entonces, definitivamente no hemos podido ni siquiera prepararnos para los retos. Maduro, ni Chávez, lo hicieron. Tanto el primero, como el segundo, prefirieron obviar el fracaso de su sistema inspirador, ni siquiera para aprender de los errores y corregirlos y así prever cualquier posibilidad de fracaso a futuro. Pues bien, ese futuro, que se veía esperanzador en 1999 para una gran cantidad de compatriotas, mas allá de resucitar la esperanza en el mañana, hoy se ha convertido en la resurrección del fracaso, de ese mismo que la historia de la humanidad les enseñó. Para aquellos que consideran que omito el llamado éxito de la revolución cubana, debo explicarles, que de ninguna manera, al menos yo, he considerado al comunismo cubana como un éxito. Cuba se mantenía por la URSS, desapareció la Unión Soviética, y Castro acudió a su estrategia preferida, chulearse a los españoles, a los privados, no a los socialistas. Divisas, es el color que por encima del rojo importa en la Habana. Cuando Chávez llegó en 1999, entonces, llego el petróleo a Cuba. Y ahora, aunque intenten disimular el acercamiento con EEUU, como una manifestación de debilidad ante el sistema comunista por parte del Imperio norteamericano, yo lo podría ver también como un acto de DESESPERACION COMUNISTA por chulearse a los gringos, ¿o no?

Nos enfrentamos entonces, los venezolanos, a un hombre y su entorno, que ante las circunstancias que le han tocado vivir, prefiere enfrentarse con ese puño de hierro, en sus gestos y discurso, para vomitar e imponer el orgullo herido de ser el promotor de un proceso fracasado y él, en la figura de conductor, un estadista incompetente e incapaz, para algunos críticos, de someterse a la humillación, ante propios y extraños al proceso revolucionario, como el artífice, al menos visible, de lo que hoy vivimos en Venezuela.

Estamos ante un hombre y su entorno, pues no está solo, que tiene sobre sus hombros una carga tan insostenible como el de la humillación política. El fracaso político de Nicolás  Maduro expone, a propios y extraños al proceso y al proyecto revolucionario, tres cosas fundamentales. La primera tiene que ver con la muerte súbita de algo que representó para muchos en la izquierda venezolana, el anhelo de toda la vida: gobernar, demostrar que podría existir otra manera de servir, distinta a la que por 40 años gobernó al país. Por otra parte, representa la cremación de cualquier vestigio o ADN político, que pudiera sonar a futuro en la figura de un regreso revolucionario, ante el inminente final de este periodo, hoy moribundo, que le tocó  gestionar a la revolución del siglo XXI. Y tercero, la caída, aunque suene irónico, pero me encanta, en el mismísimo seno del socialismo del siglo XXI, de un imperio económico. Los negocios de muchos interesados en que Maduro, el combo y los locos, permanezcan allí, es ‘únicamente producto de la riqueza de vivir en esta revolución. La revolución es rentable para unos pocos.

En cada una de mis clases; en cada lugar donde he sido invitado a conversar al respecto; en cada foro en el que explico mi clase de país, he dejado claro que puedo analizar el problema venezolano, siempre y cuando lo haga sustentado cada palabra en historia; en los hechos de ayer, como referencia, y en los de hoy, como el presente que vivo, la realidad, para poder proyectar lo que podría pasar a futuro. Es un comportamiento lógico, no de un periodista con casi 25 años experiencia, ni de un profesor de periodismo con 23, es sencillamente haber decidido un día, ser investigador y comunicador. Imagino, y no me cabe la menor duda de ello, que para ser Presidente de un país, grande o pequeño, pobre o rico, norteño o sureño, americano o europeo, es importante entender que todo lo que sucede hoy es producto de una sucesión de hechos que nos han traído hasta aquí, nada más, sólo  es eso.

El orgullo, así como la humillación, pueden encerrar a un torero herido a no enfrentar jamás a otra bestia en el ruedo o por el contrario, simular ante todos que ha superado el miedo y volverlo a enfrentar, conduciéndolo, una vez más, a su posible muerte. Se dice, que los espectadores saben, en realidad, si el torero ha o no superado el momento. “Si corre más de lo normal; si grita más de lo normal o si simplemente reta más de lo normal a la bestia, para ahuyentarla; para asustarla, en realidad, está  ahuyentando su propio miedo”.

En mi opinión, es un debate interno entre su orgullo herido y la humillación pública inminente, que mantiene a Maduro, al combo y a los locos, aferrados a una utopía, fracasada una vez más, que les ha carcomido, conociéndola y viviéndola de cerquita, todo raciocinio político, lo que demuestra además, tal y como lo han denunciado algunos, que en el oficialismo que gobierna, lo que hay son vividores de la revolución, no políticos de profesión, y por esa razón, así estaremos, hasta tanto decidan enfrentar a su propia bestia, de la manera en la que el orgullo y la humillación se los dicten. Hasta la próxima semana…

Ismael Rojas|@Isma64|Periodista|Profesor universitario

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