10 de Agosto de 2017

EFRAÍN RINCÓN|Un país bipolar

En tiempos de profunda crispación política y de acumuladas angustias y decepciones, no pretendo dictar cátedra de psicología social para tratar de explicar el comportamiento de los venezolanos, pero confieso que me llama poderosamente la atención los altibajos emocionales que proyectamos con una frecuencia superior a lo normal.

La angustia e incertidumbre generadas por la crisis han vulnerado nuestra psiquis, llevándonos a proyectar cambios de opinión dependiendo de las noticias que nos llegan a través de las redes sociales o por comentarios de “expertos” que abundan en momentos de tanta confusión.

Todos quisiéramos salir cuanto antes de esta tragedia que destruye con voracidad criminal el tejido institucional, político, social, económico y moral de Venezuela; esa es la máxima aspiración del pueblo venezolano, pero lamentablemente la realidad conspira contra nuestros deseos. El adversario al que nos enfrentamos no es cualquier cosa, es un enemigo que está dispuesto a aniquilarnos totalmente y cuenta para ello con  recursos suficientes que le proveen las armas, el narcotráfico, la corrupción y el poder de instituciones serviles e inmorales. El que piense que este es un conflicto meramente político, no tiene idea de la complejidad del problema venezolano.

Debemos ser prudentes al momento de expresar nuestras emociones. Tratar cuanto sea posible, por difícil y legítimo que parezca, impedir ser presa de los sentimientos y la impulsividad que nos contagian con el radicalismo extremo y anulan el raciocinio que debe privar en situaciones como las actuales. La rabia y la indignación nos impiden pensar con cabeza fría, permiten que confundamos a los aliados con los adversarios y limitan las percepciones sobre las opciones de solución al conflicto. Nos impulsan a transitar el camino de un determinismo que nos presiona a ver la vida con el prisma del todo o nada; de la última oportunidad que nos queda; del que si no piensas igual que yo eres un traidor; del que esto se resuelve con plomo porque con los enemigos no se negocia; o de la crítica desmesurada cuando opositores y chavistas disidentes se sientan para conversar sobre temas de interés para el país.

Cuando acariciamos la idea que el fin de esta pesadilla es cuestión de días o de horas y, después la cruel realidad nos restriega lo que no deseamos ver, la desesperanza  se apodera de nosotros y la euforia desbordada se convierte en depresión colectiva, proyectando comportamientos parecidos a la bipolaridad. Un día saltamos de alegría, pero con la velocidad del rayo nos sumergimos en un desaliento tan bestial que olvidamos los esfuerzos realizados y  los avances logrados en una guerra asimétrica librada contra un enemigo que no tiene escrúpulos de ningún tipo.

Cuando asumimos actitudes radicales y de descrédito contra los aliados de la unidad democrática, estamos actuando como el régimen quiere que actuemos, es decir, divididos, desmotivados y con la pérdida del verdadero objetivo de la lucha por la libertad y la democracia. Afirmar que la oposición venezolana es infalible, es sencillamente un absurdo. Se han cometido errores, seguramente más de los que hubiésemos querido, pero de allí a decir que los políticos son traidores, cómplices de la dictadura e incapaces de dirigir la lucha democrática, es un aspecto gravísimo que amenaza la unidad en momentos que debemos estar más unidos que nunca. Si la discordia y la desconfianza crece entre la oposición, la dictadura se fortalece porque sus adversarios están divididos y peleando por sus propios intereses o por la defensa de su verdad. En esas circunstancias, la dictadura se aprovecha de los conflictos internos del enemigo para garantizar su permanencia en el poder, convencida que en la oposición impera la anarquía, la pérdida del foco estratégico y la transformación de lo intrascendente en prioritario.

La emocionalidad política de los venezolanos es tan fuerte que, después de la elección de Maduro, los opositores hemos tenido tantos dirigentes presidenciables como discursos hemos escuchado a lo largo de cuatro años. Mientras más estridente y emotivo es el discurso, ese con el que decimos “se me paran los pelos”, más cara de presidente le vemos. Capriles de ser el dirigente que nos llenó de esperanza para continuar la lucha, se convirtió en un cobarde porque no declaró la guerra en el 2013 por el “fraude” de Maduro. Los discursos encendidos y demoledores de Ramos Allup contra el régimen, lo convirtieron en el hombre de la transición; ahora es el culpable que Maduro esté en el poder porque siempre ha sido un colaboracionista de la dictadura. Leopoldo López fue la inspiración de la lucha contra la tiranía, el líder honesto que necesita Venezuela; bastó con que le dieran casa por cárcel para convertirse en un cómplice porque negoció con la dictadura. Y ahora resulta que, después de los acontecimientos del cuartel Paramacay, los militares se convierten de nuevo en los salvadores de la patria, olvidándonos que la tragedia que vivimos se debe a la intromisión de los militares en la política venezolana, invadiendo espacios que le pertenecen exclusivamente a los civiles. Dependiendo de nuestro estado de ánimo colocamos a los líderes en la cresta de la ola o, por el contrario, en el fondo del estiércol de la política. En la búsqueda incesante del salvador, Chávez nos ganó la partida, se nos coló y orquestó la destrucción de la República, cuya tarea continúa ahora en manos de un grupo de  asesinos, delincuentes, narcotraficantes y oportunistas de doble moral que gozan un bolón con los pleitos entre María Corina, Capriles, Rosales, Leopoldo, Falcón, Guevara, la sociedad civil, la resistencia y más recientemente la operación “David”.

Dentro de esta concepción, hay quienes piensan que los partidos deberían desaparecer para dar paso a la sociedad civil y al movimiento de la resistencia. Díganme ustedes queridos lectores, ¿qué hubiese pasado en Venezuela si la tiranía no se hubiese topado con la muralla democrática construida por los partidos políticos? En gran medida, gracias a su trabajo, la oposición venezolana se ha legitimado internacionalmente y se reconocen sus esfuerzos pacíficos, constitucionales y democráticos para enfrentar la dictadura. Aquí no se trata de descalificar a nadie. Se trata, en definitiva, de sumar voluntades, de unirnos como un cuerpo indisoluble que lucha por un mismo objetivo: la libertad; de hablar con franqueza y rectificar los errores; de racionalizar las expectativas de los ciudadanos; y, de imprimir organización y coherencia en el discurso que impidan que la anarquía, por un lado, y la apatía ciudadana, por el otro, sea las conductoras de esta lucha.

La frustración generada por la instalación de la fraudulenta asamblea constituyente, la discusión en torno al protagonismo de la lucha por la libertad, el tema de las elecciones regionales, son  aspectos que no pueden hacernos perder el foco, ni mucho menos desanimarnos y hacernos  pensar por enésima vez que todo está perdido. Levantémonos con fuerza, invoquemos la sabiduría y la perseverancia, construyamos una unidad nacional con todos los factores que luchan por la libertad porque, a pesar de las adversidades, existen eventos que nos anuncian que, si combinamos armoniosamente la racionalidad con la emoción, vamos a alcanzar los objetivos y podremos disfrutar más pronto que tarde de una Venezuela libre y democrática, como la soñamos cada día de nuestra existencia.

 

@EfrainRincon17|Profesor titular de LUZ

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