15 de Junio de 2017

EFRAÍN RINCÓN|Intelectuales que asesinan la libertad

La civilización contemporánea está basada en el conocimiento y en el mundo de las ideas, las cuales privilegian la libertad como derecho humano fundamental y la democracia como el sistema político que garantiza en mayor grado la dignidad de los seres humanos.

Las sociedades que promueven la libertad de pensamiento y procuran que las ideas estén al servicio del progreso y la justicia, alcanzan un mayor crecimiento económico y desarrollo humano, elementos claves para que la humanidad pueda disfrutar de una calidad de vida integral. Los artífices de las ideas y del conocimiento, suelen conocerse con el nombre de intelectuales; en tal sentido, la intelectualidad está asociada con lo espiritual y simbólico, contrario a la fuerza que produce lo corporal o físico.

La intelectualidad también es aliada del pensamiento reflexivo, herramienta que permite educar a la sociedad bajo parámetros morales y de reflexión crítica. Asimismo, la libertad nace, crece y se hace fuerte con las ideas de hombres probos y dignos que se diferencian de aquellos que encarnan la fuerza y la barbarie, como elementos de control y dominación política.

Sin embargo, la historia ha sido fiel testigo de casos en los que los intelectuales han estado al servicio de los tiranos, pretendiendo legitimar con sus ideas a los regímenes dictatoriales que colman de injusticias, miseria e ignorancia a las sociedades que desean controlar.

Venezuela no es la excepción. Durante el siglo XX, el pensamiento positivista venezolano, defendido por intelectuales de la talla de Pedro Arcaya, Vallenilla Lanz, César Zumeta y Gil Fortoul, entre otros, justificaba la existencia de dictaduras como una etapa necesaria para imponer el orden que acabaría con la anarquía, garantizando así el progreso como camino expedito a la verdadera libertad.

El gomecismo y el Nuevo Ideal Nacional, doctrina política de Marcos Pérez Jiménez, encontraron sus cimientos ideológicos en las ideas positivistas. El apoyo de los intelectuales de la época hacia los regímenes dictatoriales, aunque no puedo justificarlo, podría interpretarse como una oportunidad para garantizarse un sitial en gobiernos irrespetuosos de la academia o, sencillamente, por una genuina convicción que sus postulados resultaban ser los más convenientes para que Venezuela pasara de la pobreza al desarrollo y así labrarse un destino más promisorio.

En la última década del siglo pasado, cuando la democracia venezolana, a pesar de las dificultades que empezaba a acarrear, ya estaba madura y existía un rechazo generalizado por los regímenes autoritarios, un numeroso grupo de intelectuales y artistas venezolanos -911 en total- suscribieron el 3 de febrero de 1989, en ocasión de la toma de posesión del presidente Pérez, un homenaje para Fidel Castro Ruz, en el que manifestaban textualmente: “queremos expresarle públicamente nuestro respeto hacia lo que Usted, como conductor fundamental de la Revolución Cubana, ha logrado en favor de la dignidad de su pueblo y, en consecuencia, de toda América Latina…”.  Al leer algunos de los nombres que suscribieron ese homenaje, la sorpresa es mayúscula y nos cuesta justificar semejantes lisonjas para quien en vida fuera un tirano y asesino del sufrido pueblo cubano. Pero también en esta ocasión, la complacencia de esos intelectuales podría explicarse por la utopía del socialismo que se aferraba desesperadamente a una referencia auténticamente latinoamericana, encarnada por Castro, para mantener su vigencia frente al estruendoso fracaso del comunismo soviético.

Después de la intentona golpista del 4 de febrero de 1982, fueron muchos los intelectuales que festejaron la presencia del valiente y honesto militar que prometía limpiar las inmundicias dejadas por adecos y copeyanos. Y en plena campaña electoral de 1998, resultó significativo el apoyo recibido por Chávez por parte de intelectuales venezolanos, que estaban convencidos que su llegada al poder sería la oportunidad de oro para edificar una sociedad más digna en la que por fin la corrupción, las injusticias sociales y los acuerdos palaciegos serían combatidos por una democracia participativa y protagónica, con suficiente capacidad y voluntad para iniciar de una vez por todas “la siembra del petróleo”.  Afortunadamente, muchos de esos intelectuales repararon a tiempo su error e iniciaron la oposición contra un modelo que, con seguridad, resultaría peor que las experiencias políticas anteriormente vividas por los venezolanos. Aun así se podía vislumbrar, entre la elite intelectual, cierta ingenuidad guiada por buenos deseos para hacer de Venezuela un mejor país para todos. La tentación de la corrupción, esa que es capaz de destruir los principios democráticos y la ética ciudadana, aún no había echado raíces entre los intelectuales.

Pero lo que estamos observando durante el régimen de Maduro no tiene parangón. La intelectualidad de algunos se convirtió penosamente en paja que alimenta a los asnos o, lo que es más despreciable, en la única posibilidad de obtener una riqueza sucia que su profesión jamás podría permitirles. Los casos emblemáticos de Hermann Escarrá –premio mundial del saltatalanquerismo-, Isaías Rodríguez –poeta de la muerte-, Earle Herrera –académico que desprecia la universidad-, Roy Chaderton –otrora copeyano que ofende la memoria del honorabilísimo canciller Arístides Calvani, su mentor político-, Ramón Chalbaud –cineasta del régimen-, entre tantos otros, defienden ideas que asesinan la libertad y con ella la democracia en Venezuela.

Este círculo criollo de seudo-intelectuales, acompañado de otros tantos resentidos sociales de América Latina, pretenden inyectarle a la Constituyente Comunal la legitimidad de la que carece, pues, nada que sea origen de la violación y de la ruptura del hilo constitucional puede ser compatible con la libertad y la democracia.

Nada más peligroso para la sociedad venezolana que una intelectualidad al servicio de la tiranía con pretensiones de destruir los cimientos institucionales de la República, a fin de instaurar una dictadura de naturaleza comunista. Tales personajes, a pesar de disponer de suficiente información acerca de las desastrosas consecuencias de la constituyente madurista, se convierten en defensores de lo indefendible; son cómplices protagónicos de la profundización de la crisis y de las tragedias que tendremos que soportar los venezolanos en caso que la constituyente sea realizada. Pero, en definitiva, poco les importa el pueblo venezolano; para ellos, lo prioritario son las prebendas y riquezas que el régimen les ofrece por el pago de sus servicios a la dictadura.

Esos intelectuales de poca monta serán enjuiciados con toda la fuerza de las leyes, ya que pecaron deliberadamente, con pleno conocimiento de causa. En mi opinión, son ellos más culpables que los delincuentes que gobiernan a Venezuela, pues, muchos de ellos desconocen el valor de la academia y la fuerza de las ideas que fortalecen el análisis crítico y los valores éticos, aspectos básicos de la libertad y la democracia.

Como universitario y defensor de las ideas que enaltecen la libertad, la civilidad y el progreso de los pueblos, siento vergüenza por estos señores que prefirieron ubicarse en el lado equivocado de la historia, vendiendo su dignidad y honorabilidad al mejor postor. Que el juicio impecable de la historia tenga misericordia por la traición que le hicieron a Venezuela. Sin lanzar un solo disparo o una sola bomba lacrimógena, son ustedes verdaderos asesinos de la libertad de los venezolanos.

 

@EfrainRincon17|Profesor titular de LUZ

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