11 de Enero de 2017

AUGUSTO LA CRUZ|La increíble indolencia de Nicolás Maduro

Este país termina de caerse a pedazos y Nicolás Maduro no hace nada, pero absolutamente nada, para evitarlo.

Su gestión al frente del gobierno nacional ha sido básicamente una seguidilla de erráticas y pésimas decisiones que han empeorado el gigantesco desastre que heredó de su antecesor, su amado padre político, Hugo Chávez.

El hecho que Venezuela padezca la más profunda catástrofe económica conocida en la historia nacional, con una inflación disparada que marca récords mundiales, no le quita ni un minuto de sueño al flamante “primer presidente obrero del chavismo”. El indetenible alza del costo de la vida pulverizó rápidamente el valor del cono monetario puesto en marcha por el gobierno de Chávez a principios de 2008, tras una inflación acumulada hasta 2015 de 2.357,9 por ciento, según datos oficiales. Al finalizar el 2016 la inflación cerró en 600%, es decir, que sufrimos un incremento de 1.6% cada día del año pasado. Por eso, antes de que finalmente se ponga en circulación la nueva serie de billetes de 500, 1.000, 2.000, 5.000, 10.000 y 20.000 bolívares, prometida por el gobierno para el 15 de diciembre pasado, pero que transcurridas casi dos semanas de haber empezado el 2017 nadie ha visto el primero de los nuevos billetes, ya muchos economistas coinciden en que éstos ya están devaluados, pues el poder adquisitivo del billete de más alta denominación (Bs. 20.000) será realmente limitado: apenas servirá para comprar a lo sumo menos de dos kilos de jamón en la panadería.

Eso sin contar que, de seguir vigente este distorsionado modelo económico, para este 2017 los expertos calculan que las tasas de desempleo se ubicarán en 12% y la inflación podría superar el 1.100%, mientras que las posibilidades de que suba el precio del barril de petróleo por encima de 60$ son virtualmente nulas, por lo cual se prevé que el crecimiento económico del país será de 0%. Ante tan oscuros pronósticos, la solución de librito tantas veces recomendada sería aplicar una urgente apertura cambiaria, la renegociación de precios de los bienes y servicios, el relanzamiento y promoción de la actividad productiva privada y la búsqueda de financiamiento internacional. Sin embargo, a pesar de tan lúgubres predicciones, Maduro últimamente ha estado más preocupado en mostrar en cadena nacional sus habilidades como bailarín de salsa que en tratar de desentrañar este marasmo económico en el que nos ha metido el chavismo.

¿Y cómo no se van a agudizar las calamidades del país si pareciera que no hay la mínima voluntad en resolverlas? Al contrario, con cada una de las erradas decisiones oficialistas queda la duda si lo hacen a propósito para terminar de acabar con lo que queda del país. El absurdo y lamentable episodio del retiro de circulación de los billetes de cien bolívares, entre muchos otros casos, hace pensar que la inagotable ineptitud revolucionaria no puede ser ingenua, que siempre hay algo oculto detrás de tanta torpeza.

Por ejemplo, resulta inaudita y exasperante la indiferencia de Maduro ante los miles de venezolanos, especialmente jóvenes y niños, que diariamente deambulan por las calles hurgando en las bolsas de basura que se consiguen a su paso en procura de algo para comer. Al Presidente, cuyo creciente sobrepeso corporal delata una copiosa y variada alimentación, le preocupa más seguir comprando armamento militar a Rusia y a China que resolver el problema de hambre que hay en las barriadas de Venezuela. El 28 de diciembre, él mismo lo anunció en su salutación de fin de año a la FANB: “He aprobado recursos para el equipamiento militar de última tecnología para la defensa de la patria”. Así pues, mientras el gobierno gasta milmillonarias sumas para apertrecharse de armas, la horrorosa crisis humanitaria, económica y política de Venezuela se agudiza más cada día que transcurre.

Producto de esta terrible situación, cuyo único responsable ha sido el chavismo, se ha desatado una diáspora nunca antes vista de venezolanos que cruzan por tierra, por mar o por aire nuestras fronteras buscando mejores oportunidades, pero sobre todo huyendo despavoridos de la pobreza, el hambre, la escasez, el desempleo, la inseguridad y la falta de perspectivas en las que nos ha sumergido este gobierno. Sin embargo, a pesar de que se calcula que han salido del país unos dos millones de ciudadanos, acerca de este tema el gobierno de Nicolás Maduro no habla, no muestra cifras del éxodo, no se preocupa y mucho menos hace algo para tratar de cambiar la situación. Lo más triste no son únicamente las familias atomizadas, separadas por miles de kilómetros, sino que los emigrantes criollos son en su mayoría jóvenes profesionales que, por no encontrar un futuro digno en estas tierras, van a dar lo mejor de sí y a contribuir con el progreso de otras naciones diferentes a la nuestra.

Algo que tampoco le da ni frío ni calor al Presidente es el hecho que a los venezolanos literalmente los están masacrando los delincuentes. En el año que recién finaliza la tasa de homicidios en Venezuela registró un incremento de 1,8% en relación con 2015, según datos del Observatorio Venezolano de Violencia (OVV). Estamos  hablando de números que son alarmantes: el 2016 cerró con una cifra estimada de 28 mil 479 muertes violentas, frente a unos 27 mil 875 homicidios documentados durante el 2015. Así la tasa de homicidios en 91,8 por cada 100.000 habitantes, lo que ubica al país como el segundo más violento del mundo, antecedido por El Salvador.

¿Y la esperada respuesta del Presidente ante tan grave problema de inseguridad? Seguramente la escucharemos en su próximo programa radial dedicado al ritmo de salsa.

 

@AugustoLaCruz|Periodista

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